viernes, 11 de mayo de 2012

EL SUCESO de Paula Lugo





La noche del 29 de julio de 1967, alrededor de las ocho, ocurrió un suceso muy fuerte  y traumático para mí.  Esa noche eligieron a Mariela Pérez Branger como Miss Venezuela.  Yo estaba sola con mis niños en el piso donde vivíamos en Caracas.  Maribel tenía seis años y Miguel Ángel un año y pocos meses.  La tierra se sacudió de una manera terrible y tuve la sensación de que todo se iba a desmoronar encima de mis hijos.  Dios me ayudó a bajar las escaleras con ellos en mis brazos.  En ese momento, Miguel, mi esposo, subía por nosotros y al encontrarnos casi no podíamos avanzar, parecía que el mundo se nos venía encima.  Con la ayuda de mi esposo llegamos a la calle.  Vimos las aceras y las avenidas rotas, casas derruidas, miedo y espanto en la cara de todos.  En el interior del país, la tierra se tragó pueblos enteros.  Fue una catástrofe terrible y murieron muchas personas.   Después de aquello, yo no quería volver a mi piso y paso algún tiempo antes de que lo hiciera.  Todavía hoy, después de tanto tiempo, tengo el miedo en el cuerpo al recordarlo.

EL SILENCIO DE ZULIMA de Natividad Morín





Zulima era una niña de los países árabes que vivía con sus padres y sus tres hermanos.  Ella era la pequeña.  Su padre no la dejaba salir con nadie.  Sus amigas la iban a buscar para dar un paseo y ella tenía que decir que no, porque no se lo permitían.
Un día salió del colegio con sus amigas y como todas las niñas, caminaba riéndose por cualquier tontería.  Uno de sus hermanos la vio y como se iba riendo, fue hacia ella, la cogió del brazo y la llevó casi a rastras para su casa.  El hermano se lo contó a su padre y éste la castigó.  La niña recibió el castigo en silencio y a partir de entonces solamente salía de casa acompañada por su madre.  Todo aquello la tenía muy triste.
Zulima sabía que cuando tuviera una edad casadera, tendría que contraer matrimonio con el hombre que su padre le había asignado desde que nació.  Era por eso que no le permitían salir pues debía llegar virgen al matrimonio para de esa manera no ser repudiada por el marido y toda la familia.

UNA DILATADA CARTA de Amalia Jorge Frías


Hace algunos años, cuando la situación estaba aún peor de lo que está actualmente, el cincuenta por ciento de la juventud masculina se vio obligada a emigrar, sobre todo a Venezuela, aunque también a países de Europa, como Suiza y Bélgica.  Muchos se iban antes de que los requirieran para el servicio militar, por lo cual después, aunque no tuvieran suerte, se veían obligados a permanecer fuera muchos años.
A pesar de marcharse jóvenes, muchos de ellos ya tenían novia y el único contacto que les unía por dos o tres años eran las cartas, mientras que ellos se iban afianzando  hasta que terminaban casándose por poder.  Otros, con la separación se iban olvidando, conocían a otras chicas que tenían más cercanas y se casaban con ellas.
Andrés y Milagros empezaron el noviazgo con catorce años ella y dieciséis él.  Cuando Andrés se marchó, Milagros creyó morir, perdió el apetito, no quería salir de la casa y así fue por un par de meses hasta que recibió la primera carta.  En ella Andrés le decía que lo estaba pasando mal pero que cuando tuviese las cosas más claras, mandaría el poder, se casarían y pronto estarían juntos.
Con esa carta, Milagros volvió a revivir y empezó a hacer la vida normal aunque siempre pendiente del cartero.  Así pasaron los meses, los años pero, no recibió ninguna más.  Un día, tenía ya cerca de treinta años, se decidió, arregló los papeles (como se decía entonces), y pese a que toda la familia le aconsejaba lo contrario, cogió un barco y se fue a Caracas.  Llevaba con ella la dirección de Andrés y allí se pensaba presentar para darle la sorpresa.  Ella quería saber qué hacer con su vida, no podía estar supeditada a una carta, que de tanto leerla y llorar encima, ya ni la letra se entendía.
La travesía en el Santa María, que tal era el nombre del barco, duró quince días y en el transcurso de ellos, Milagros llamó la atención a un oficial muy apuesto.  Le sorprendía que una mujer como ella viajara sola y enseguida entabló conversación y se ofreció a enseñarle el barco.
Gracias a eso, a Milagros no se le hizo tan largo el tiempo y cuando el barco atracó en La Guaira, lo estaba pasando tan bien que sólo quiso ver lo que podía desde la cubierta.
Imaginemos la sorpresa de la familia cuando la vieron regresar tan pronto y las ganas con las que rompió aquella carta.
Todos entendieron que todo había sucedido porque su destino era enamorarse y casarse con aquel oficial en altamar y tuvo que embarcarse para que se cumpliera.