martes, 27 de noviembre de 2012

¿PARAGUAS O BASTÓN? de Elvira Martín Reyes




La tarde se presentaba lluviosa, pese a lo cual decidí ir a dar un paseo.  Estaba en él, cuando me sorprendió un señor mayor, muy bien vestido, que intentaba cruzar la calle.
-¿Le ayudo? – le pregunté
-No, gracias.  Estoy tratando de tomar una importante decisión –me contestó él de buen humor.
-Entonces no le importuno –contesté yo riendo.
-¿Cómo va a importunarme? Sencillamente trataba de elegir la herramienta adecuada para dejar libre una mano, por si me caigo –me explicó el anciano con una sonrisa mezcla de resignación y picardía.
De pronto, el señor desvió su mirada hacia una señora que se encontraba en las mismas circunstancias, muy cerca de nosotros.  La cara se le iluminó al contemplar sus bonitos ojos azules cuyo brillo no había podido borrar el tiempo.  La dueña de aquellos ojos, muy lanzada, se acercó al anciano.
-Tengo la solución.  Si llevamos un solo paraguas, a ti te sobra un brazo y a mi otro, si los unimos los dos a lo mejor nos sobra también un poco de soledad.
-Me parece muy bien –contestó él muy contento -¿quién dijo que es tarde para una buena compañía? No sólo se vive de la experiencia, también hace falta que alguien te ofrezca su brazo.
Y siguieron su camino, paseando uno al lado del otro, compartiendo compañía y paraguas, mientras yo continúe disfrutando de mi tarde de lluvia.



LA CONVERSACIÓN de Teresa D.





Han pasado años y, a pesar de ello, aún se continúan llamando pues, María y Ana han crecido en la misma ciudad.  Juntas han estudiado sus carreras universitarias y tienen amigos comunes.  Uno de ellos, Alejandro, se enamoró de María y se casaron.  Aunque tienen distinto estado civil, una soltera y otra casada, ellas siempre se reúnen para hablar de sus cosas.
-¿Eres feliz en tu matrimonio? –le pregunta a menudo Ana a su amiga, aunque ella siempre le responde con evasivas, cambiando de tema.
Hoy, Ana vuelve a insistir, haciendo la misma pregunta de otra manera.
-María, te veo rara, ya no eres la misma.
-¿Sabes por qué? –le responde su amiga esta vez.
-No, dímelo por favor
-Te lo diré.  Alejandro me dijo que casarse conmigo ha sido una equivocación, que de quien realmente está enamorado es de ti.
Después de decir eso, María se va, se marcha dejándole con la angustia de que ella se desprendió, haciéndole vivir en la incertidumbre el resto de sus días.



NACER EN SITIOS QUE NO EXISTEN* de Mary Rancel




-¿Es posible nacer en sitios que no existen?
- Posible no, incuestionable. Se nace de una idea, de una invención, de la nada… De esta forma tan peculiar nació mi poema favorito.  Fue una inspiración singular de aquel poeta romántico y osado.  El poema floreció,  glorioso, de una ilusión y fue traducido a mil lenguas diferentes.  Ha sido declamado por rapsodas, en castillos, escuelas y teatros, en remotos y actuales escenarios de todo el mundo.  Es un poema clásico a la vez que moderno y vanguardista.  Es el que no pierde vigencia, a pesar del transcurso de los años.  ¡El que tanto me gusta! Esa poesía que he recitado embelesado en la penumbra de mi alcoba, a la persona amada, ¡ese poema extraordinario! nació… en un sitio que no existe.
También germinó en un lugar inexistente, aquella carta… La que un día recibiste sin matasellos ni remite. ¡Te ilusionó tanto!  Te dio mucho consuelo y regocijo. ¿Recuerdas? Tu angustia desapareció al instante.  Aún me parece estar viendo la expresión de tu carita encendida y, tus grandes ojos verdes brillando con lágrimas de júbilo.  Repaso aquel momento y me emociono.  Al final, surgió la magia que siempre imaginaste.  Aquel momento irrepetible, ¡qué nadie te lo quite!
 La aurora boreal, las nebulosas, los oasis, las letras, el tiempo… Infinidad de formas y matices nacen cada día, en sitios que no existen. ¿Lo entiendes ahora?

*Poema de Mario Benedetti


LA CONVERSACIÓN de Dolores Fernández Cano




Han pasado años y, a pesar de ello, aún se adivina en sus rostros que siguen sin comprenderse.  Padre e hijos discrepan por sus ideologías.
-Hola, ¿cómo te encuentras? –pregunta a su padre, a la llegada del largo viaje.
Agustín, nervioso, se levanta de su asiento; no puede ni quiere admitir la repentina vuelta de su hijo.  Se acerca a él, respondiendo.
-Muy bien, me siento formidablemente.  ¿A qué has venido?
-Pero, padre, ¿nunca vas a perdonarme? –le recrimina –No niego que me gusta la vida bohemia, recorrer mundo, dejando a un lado mis obligaciones.  Ahora vuelvo como el hijo pródigo, buscando tu perdón y apoyo, como dos buenos amigos.
-Lo entiendo –contesta el padre –mas cuando te necesité, no acudiste a mi lado, por más que insistí que regresaras.
-Tal vez tengas razón, padre, admito que me odies por ello.
-No, no te odio pero, el interés de esta visita clama al cielo.
-Tengo que contarle algo –apostilla el hijo, tratando de defenderse de los reproches de su padre – Los médicos me han diagnosticado un cáncer, sólo me quedan seis meses de vida.  Este es el motivo de mi regreso, intento demostrar que te sigo queriendo.  Bueno, ya solamente me resta decirte adiós.
Y se largó, dejándole toda la angustia de que él se desprendió, haciéndole vivir en la incertidumbre el resto de sus días.


EL PARAGUAS de Natividad Morín




Un día, Elena salió de su casa porque tenía que hacer unas compras.  Se acercaban las Navidades y eran días de regalo y tristes recuerdos.  Por esas fechas era cuando más echaba de menos a su madre, quien le dejó muchos y muy buenos recuerdos.  Siempre la tuvo cuando la necesitó.
En el último cumpleaños  de Elena, estando su madre viva, le regaló un bonito y elegante paraguas.  Era grande, para que se protegiera mejor de la lluvia, le había dicho su madre al entregárselo.  A partir de entonces, el paraguas era su amigo inseparable en los días de lluvia.
-¡Cuidado, no lo pierdas!  -le había aconsejado su madre alguna vez –¡no lo dejes en cualquier sitio!.
-¡Éste que me regalaste, nunca lo he perdido! Estarás contenta, mamá- pensó en voz alta Elena –él me protege de la lluvia, como ahora, igual que tú lo haces desde el cielo.
Estaba cayendo una tromba de agua, menos mal que el paraguas era grande.  Pensaba en ello mientras se disponía a meterse en el coche, cuando lo vio luchando con su paraguas.  No podía abrirlo y su elegante traje se estaba empapando.
-¡Pobre chico! –pensó –va a coger una pulmonía.
Se le acercó y le ofreció compartir su paraguas con él.  El joven aceptó encantado. Lo acompañó a su coche y se despidieron con un apretón de manos y unas ¡Felices Navidades!.  Esa fue la primera vez que lo vió.

EL PARAGUAS de Candelaria Díaz



¿Qué es ese objeto de varillas y forro?. ¡Buen invento!. ¿O no?. ¡Cuántos peinados salvados!.  En esta tierra nuestra, los tenemos de veraneo casi todo el año y nos acordamos de él sólo cuando truena. Mencionaré dos de ellos muy famosos, gracias al cine.  Gene Kelly llevaba uno, en Cantando bajo la lluvia.  El de Mary Poppins  es otro; uno que volaba sobre las chimeneas de Londres.  ¡Ese si es verdad que era un mágico paraguas!

LA CONVERSACIÓN de Luisa Delgado Bello



-Luisa, querida…
-Sí, Rubén
-Luisa, no te lo tomes a mal pero, me gustaría que no volvieras a apagar las colillas en los platos, después de cenar.  Me parece repugnante.
-¿Cómo quieres que lo tome a mal, cariño?.  Yo lo que me tomo mal es tu manía de dejar tus calcetines sucios en cualquier parte.
-¿Ves? ¡No puedo decirte nada!
-Claro que sí…, sólo que me gustaría mucho que te dieras cuenta de que no soy tu criada.  Si crees que me gusta ir siempre detrás de ti para arreglar todas tus cosas, te equivocas.  Mira, es como lo de la bañera.
-¿Qué pasa con la bañera?
-Todo el mundo se ducha pero, tú no, tú te bañas.
-Luisa…
-¿Sí?
-Tu cigarrillo, acabas de aplastarlo en el plato.
-¿Y qué? ¿Quién lava la vajilla en esta casa?
-Sí, pero me asquea.
-Si no estás contento, ¡vuelve con tu madre, tonto!
Y se largó, dando un portazo.


RETAZO DEL PASADO Y DEL PRESENTE de Amalia Jorge Frías




Hace cuarenta años que estrené la vivienda donde habito.  Al ir aumentando la familia, fue obligado cambiarnos y, como ya vivíamos en la misma calle, la mudanza resultó poco usual.  Delante iba el camión con los enseres y, mi esposo y yo detrás, caminando con los cuatro niños.  La más pequeña en el cochecito porque sólo tenía veinte días y la mayor siete; pueden imaginarse a los tres cogiditos de la mano y pegados a nosotros, rumbo a lo desconocido.
Después del caos tan grande que supone una mudanza, cuando todo se fue normalizando, empezamos a conocer a los vecinos del edificio.  Los que vivían en el mismo piso, los de la derecha, era un matrimonio de cierta edad con tres hijos mayores, incluso alguno ya casado.  Con estos vecinos siempre mantuve una buena relación y, en algunos casos, me resultaron de gran ayuda.  Con el paso de los años, como es natural, fueron envejeciendo y terminé perdiéndolos.  Los hijos decidieron vender el piso y así lo hicieron.
Llegaron entonces mis nuevos vecinos;  un matrimonio encantador, con tres hijos pequeños a los que he ido viendo crecer.  Es como si fuera la otra cara de la moneda, primero me tocó a mi ser la más joven y ahora, en cambio, soy la mayor.  Procuro llevarlo bien y no ser muy pesada.  A todos los quiero mucho y creo que ellos a mí, también.  Cuando me ven, siempre me saludan de frente y no salen corriendo, refugiándose bajo ningún paraguas.

ÉL de Carmen Margarita





-¿Qué te parece?, estoy triste, siempre en este rincón.

-No exageres, ¡con los días tan maravillosos que hemos pasado 

juntos!  Tardes de otoño, de inviernos y también de veranos 

tórridos.  Eres tan útil y bonito que me siento elegante contigo.  Si 

me atacas, me defiendes, si no puedo caminar, me apoyo en ti y 

eres el único que no protesta.  ¡Estás tan guapo con esos colores tan 

vistosos! ¡Eres único!.  Eres tan imprescindible que no puedo dejar 

de usarte los días de lluvia, para gozar los dos, tú con el agua y yo 

porque no me mojo porque tú me resguardas. ¡Gracias, amigo 

paraguas!

EL RAYO QUE NO CESA de Teresa Jiménez





Ayer a la una y media comenzó una tormenta con lluvia, rayos y truenos.  Entonces pensé que, o Miguel Hernández escribió El rayo que no cesa por haber vivido una experiencia parecida o para darme a mi la oportunidad de hacerlo, usando el título de un poemario suyo.
Estaba almorzando en mi terraza, que está techada y cerrada con cristales, y mientras lo hacía observaba aquella cortina de agua violenta junto a unos rayos luminosos con truenos.  Me acordé entonces de aquello que dicen sobre ellos; que se forman cuando las nubes se pelean unas con otras y al pegarse forman lo que forman.  Así que pensé en Noé y me dije: a éste le tienen que estar doliendo los juanetes.  De modo que, entre lluvia, truenos y rayos que no cesan, me olvidé por un momento de la crisis.

lunes, 26 de noviembre de 2012

LA CONVERSACIÓN de Edelmira Linares




Han pasado los años y, a pesar de ello, aún se siente mal por lo ocurrido.  Andrés es su mejor amigo, sin embargo, nunca ha tenido el valor de contárselo y el tiempo ha pasado tan rápido y han pasado tantas cosas que siempre hay un motivo por el que callar.
No sabe cómo afrontará la noticia pero, no quiere morir llevándose su secreto a la tumba.  Le había prometido a Sofía no hacerlo aunque, ahora que ella ya no está, quiere sincerarse.
Como suele hacer todos los domingos, lo va a visitar.  Después de almorzar, sentados en el salón, tomándose un whisky, le ruega que le perdone por lo que le iba a contar.  Su amigo sabía que él adoraba a su hija Belén aunque él había tenido que disimular toda su vida lo que sentía por ella ya que nunca sabría si era su hija o, como le quiso hacer creer siempre Sofía, era de Andrés.  Aunque su aventura con ella fue corta, la posibilidad de que fuera su hija, siempre le atormentaba.
Andrés no gesticuló palabra.  Soltó el vaso sobre la mesa de centro y, sin mirarle a los ojos, se largó, dejándole toda la angustia de que él se desprendió, haciéndole vivir en la incertidumbre el resto de sus días.


SIN RUMBO de Elda Díaz





Siendo una pareja joven y con niños, aunque era muy arriesgado, mi marido y yo decidimos abrir un negocio, invirtiendo un dinero que no nos sobraba y ¡ala!, sin rumbo, pusimos una tienda.
Al principio, las ventas eran escasas y todo resultó muy difícil pero, poco a poco, las cosas fueron arreglándose, teníamos bastante clientela y, con el tiempo, hasta nos vimos obligados a  colocar a tres empleadas.
Luego, mucho después, llegaron las grandes superficies y muchas tiendas pequeñas tuvieron que cerrar, entre ellas, la nuestra.  De ese modo, nos vimos nuevamente sin rumbo.
Menos mal que algo después llegó la jubilación y con ella las aguas volvieron a su cauce, poco a poco.


LA CONVERSACIÓN de Carmita Díaz





Han pasado años y, a pesar de ello, lo recuerdo.  Llegó el verano y fuimos de vacaciones a La Gomera.  Al llegar al aeropuerto me llevé una gran sorpresa al encontrarme con una compañera de clase de la Escuela de Comercio.  Estaba de espaldas, la toqué y nos fundimos en un fortísimo abrazo.
-¡Hola, Maura! ¡Qué casualidad, encontrarnos aquí después de tanto tiempo! ¡Cómo es la vida! – le dije, emocionada –Cuéntame algo de tu vida.
Me contó que se había casado, que tenía un hijo y que era muy feliz.
-No puedo seguir hablando contigo porque mi avión sale dentro de cinco minutos –y con esas palabras nos despedimos, dándonos un fuerte abrazo.
Yo no pude contarle nada de mi vida, de esa manera no le dejé angustia alguna porque mi vida no había sido tan feliz como la de ella.