Yo no creo en las
supersticiones pero…, por miedo a que los planes se trunquen, toco madera y si
no la tengo cerca, me tocó la cabeza que la mía es de buen roble. ¡Toc,
toc!. Y eso que no creo, que si creyera…
miércoles, 3 de diciembre de 2014
martes, 2 de diciembre de 2014
EL SOMBRERO Natividad Morín
Allí estaba aquel
sombrero de ala ancha que un día había pertenecido a un hombre honrado, trabajador
y muy querido por sus hijos y nietos. Estos últimos lo recuerdan con mucho
cariño, cuando les contaban cuentos e historias de su vida. Rememoran como le quitaban el sombrero que siempre
llevaba puesto. El abuelo les regañaba
cuando los niños lo ponían encima de la cama.
Ellos sabían que a él no le gustaba que lo colocaran allí, porque decía
que eso daba mala suerte. ¡Cuántos
recuerdos vinieron a la mente al ver aquel sombrero!
DERRAMAR LA SAL Luisa Delgado Bello
Marta gritó despavorida
cuando el tarro de sal se le cayó al suelo.
Su madre siempre le había dicho que derramar sal era un presagio de mala
suerte y que si eso le ocurría, no se casaría nunca. Esa superstición ha sido transmitida de madres
a hijas y Marta cree en ella a pies juntillas, así que le contaré lo que mi
madre nos decía, aquello de que si se nos caía la sal, tirásemos un vaso de
agua al patio y así se anulaba la mala suerte.
No es que yo crea mucho en eso, pero a pesar de todo, cada vez que me
pasa, hago lo que decía mi madre, por si acaso…¿me escuchas, Marta?
LA VIDA CAMBIA Antidia Iraida
La vida es así. Aquella era una frase que se decía siempre,
pero por fortuna cada día es menos cierta; hoy se planifican nacimientos y
hasta la hora de la muerte es posible hacerlo algunas veces, también. Gracias a la ciencia y sus últimos adelantos,
todo puede cambiar. Cuando los motores de nuestro cuerpo fallan, otros dejan
repuestos para que podamos seguir adelante.
Nos ponemos en manos de otros seres a quienes la vida les ha dotado de
habilidades para que puedan llevar a cabo tales recambios. Al igual que la hora de nacer, todo es
posible ser programado; la ciencia tiene la solución para casi todo. Bienvenidos al cambio, dejemos atrás la frase
en cuestión; esa que decía: la vida es así.
SOÑADO TRÉBOL DE CUATRO HOJAS Candelaria Díaz
Según la leyenda, cuando echaron a Eva del paraíso, se llevó
un trébol de cuatro hojas; por eso, desde entonces, se cree que da buena
suerte. Eso es una utopía; ¡qué absurdo
lo de la buena suerte!, a la pobre le pusieron la nota más alta en el pecado: a vagar por la tierra, un hijo malo
que le mató al bueno, luego le nació otro bondadoso, de ahí que medio mundo sea
bueno y el otro medio, malo.
Yo tengo un trébol de cuatro hojas y si creo en eso, puede
que me saque el gordo de la lotería con un décimo que le compré a un gato
negro.
martes, 25 de noviembre de 2014
¡QUÉ PENA! Natividad Morín
Crispín se dio cuenta de que ya los vecinos no mandaban
tantas cartas como antes, ¿por qué sería?, con lo que bien que se lo pasaba él
leyendo los escritos: secretos de amores, desamores, adulterio…Sí, ya sé que
soy un chismoso –se decía– pero era tan aburrido ser un buzón y aquella era la
única forma de pasar algún momento divertido.
Si los vecinos supieran que él conocía sus secretos, seguro que lo
denunciarían, pero pensándolo bien, ¡eso es una locura!; ¿cómo se puede
denunciar a un buzón que no tiene vida?, él sólo era una cosa redonda, de
cemento amarillo con una puerta pequeña y una ranura para meter las cartas.
Un día, Crispín salió de dudas; gracias a una chica que colocó
en él una carta, se enteró que la culpa la tenía internet, el móvil con su
whatsapp, ¡qué rabia!, ¿por qué lo habrán inventado? ¡con lo bonito que es
escribir y contar sus cosas…y de paso, él podía enterarse de todo.
No se dan cuenta de que mandar cartas es más barato y así
practican la escritura, ¡qué pena!, de ahora en adelante todo será distinto, y
Crispín se volverá un buzón triste y aburrido.
EL COMIENZO Mary Rancel
Terminábamos de cenar cuando escuchamos un extraño sonido
que provenía del patio. Quedamos
expectantes un instante. He dicho bien;
¡un instante!, porque avivadamente nuestras voces se entrecruzaron exponiendo
cada uno su idea acerca del ruido y de qué, o quién podía producirlo. Entre la algarabía, mis padres convinieron:
–Son cosas del viento, sacudió las hojas secas del
otoño. No hay porque alarmarse.
–Fue un cohete de la fiesta del barrio, cayó en el patio
como cada año. No pasa nada –farfulló entre
dientes mi tío.
–Es
inequívoco, ha sido la gata en busca de la tortuga para jugar con ella, que
movió las ramas de la madreselva. El
ruido fue tenue –afirmaron convencidos los abuelos.
Por último, yo, el pequeño de la casa, exclamó:
–¡Se equivocan todos!, ¡fue mi despertador! Lo dejé en el borde del macetón del limonero
con la alarma puesta; sabía que se escucharía en medio del mutismo de la cena y
propiciaría una velada divertida, no como de costumbre; siempre enmudecidas,
mirando al televisor mientras comen. ¡Si
parecen atontados! –y mostrando mi pícara y ancha sonrisa, añadí gritando– ¡He
dado en el clavo! ¿A qué sí? Ya pueden
irse preparando porque este es el comienzo de muchas y divertidas sobremesas.
VERSIÓN ORIGINAL Dolores Fernández Cano
He de empezar diciendo que lo que voy a narrar se me ocurrió
en una tarde calurosa y aburrida del mes de agosto.
Sucedió un domingo
cualquiera en un piso cualquiera, donde se escuchaba de fondo la canción
interpretada por Joan Manuel Serrat, “Hoy puede ser un gran día”. Yurena, al mismo tiempo que oye esta melodía,
se acicala con esmero frente al coqueto espejo del cuarto de baño. Mientras todos descansan por ser festivo,
ella, algo nerviosa, se prepara para acudir a su primer trabajo. Sí, a pesar de ser domingo, la han llamado
para empezar la jornada laboral, pues siendo como es, una activa políglota,
superó las pruebas con acierto; ya que habla correctamente, además de su lengua
materna, el inglés, francés y algo de italiano.
Sin lugar a dudas, triunfará en la cafetería de postín donde ha sido
contratada.
Puesta a punto, Yurena sale a la calle,
respira hondo, sube a su coche para dirigirse al curro y, justo cuando pone el
motor en marcha, exclama para sí con agrado:
–Desde luego, ¡hoy a a ser un gran día!
martes, 18 de noviembre de 2014
NOCHE DE PELÍCULA Natividad Morín
La bronca fue tremenda,
la mayoría de los vecinos la escuchamos.
Era ya de madrugada, yo estaba durmiendo cuando me despertaron los pasos
de alguien corriendo por la azotea; porque yo vivo en el último piso. Me levanté y fui hacia la puerta de
entrada. Desde allí oí como alguien
bajaba rápidamente las escaleras.
Enseguida me dirigí al balcón y me asomé. Fue cuando vi a cuatro o cinco policías vigilando
los portales. De pronto, del mío salió
un chico con una mochila a la espalda.
Los agentes se abalanzaron sobre él, lo redujeron. ¡Al suelo, al suelo!, le gritaban. El muchacho obedeció enseguida y se tiró al
piso con los brazos en cruz. Lo
registraron y le quitaron la mochila. El
chico gritaba cuando le pusieron las esposas.
Se lo llevaron detenido. Fue una
noche muy movidita; ¡una noche de película!.
A MÍ PLIN Edelmira Linares
Era mi día libre. Llevaba semanas planeando todo lo que quería
hacer y la ilusión me mantenía viva desde entonces. Hacía meses que no había podido tener ni un
solo minuto para mí; ¡ni uno solo!.
Cuando lo vi entrar,
justo en ese mismo instante, lo supe.
Sabía lo que me iba a pedir; su cara lo delataba y yo no estaba
dispuesta a claudicar ni un día más.
Pasó por mi lado y se detuvo, se acercó y… nada más empezar a hablar, le
dije con voz imperativa:
–¡A mí plin! –y nada más decirlo, salí por la
puerta más fresca que una lechuga.
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