Cómo me
gusta sentarme en el patio de mi casa al atardecer, dejar pasar las horas
escuchando todos los sonidos que la naturaleza nos brinda, oler el suave aroma
de las rosas mientras siento en mi cara la leve brisa natural en Canarias, a
esas horas cuando la tarde empieza a ser noche.
Estando así, el tiempo no existe para mí…
lunes, 30 de septiembre de 2013
TENGO QUE CONFESARTE ALGO de Teresa Jiménez
Allá por los
años sesenta, una pareja se conoció y rápidamente se casaron. Fue una sorpresa para todos, pero no, no fue
por embarazo. Con el tiempo sí tuvieron
sus hijos y los criaron bien, rodeados de cariño. Ella fue la madre de todos, incluido su
marido y cuando los chicos se fueron de casa y se independizaron, las cosas
parecían ir bien hasta que un día un marido le dijo que tenían que hablar. Ven, le dijo, y sentados frente a frente, él
le confesó lo que tenía dentro.
-He sido buen
esposo y un buen padre pero ahora abro mi armario de par en par y busco mi
camino.
Ella le
contestó:
-Eres bueno
y respetuoso y te agradezco que no sea por otra mujer. ¡Qué seas muy
feliz! Adiós.
LA USURPADORA de Mary Rancel
Nos lo
contaba a las niñas en la plaza del pueblo.
Era una señora muy mayor, bisabuela de una de mis amigas del cole, a quien llamábamos tía María. La escuché contar lo mismo varias veces y, a
pesar del tiempo transcurrido, ha permanecido grabado en mi mente.
Comentaba
que, cuando ella vivía en Cuba, conoció a un matrimonio joven que había tenido
un bebé precioso, que vivía en una casa con los techos hechos de hojas de
palmeras y cocoteros, como casi todas las familias campesinas del lugar y la
época. Nos contaba la tía María que la
madre del bebé llegaba a casa después de su trabajo, tan rendida que se ponía a
dar el pecho al niño y se quedaba profundamente dormida. El crío, sin embargo, estaba cada vez más
delgado y débil y tenía su tripita muy abultada. De tal manera lo vieron que lo llevaron a la
curandera. Ésta les dijo que el niño
padecía de raquitismo por falta de alimentación.
La madre del
niño manifestaba que no podía ser, porque ella amamantaba a su bebé y éste la
dejaba sin leche de lo bien que comía.
Pasaron unos
días hasta que el niño enfermó de gravedad; parecía un trapito. Fue entonces cuando el padre de la criatura
empezó a sospechar de su esposa. Pensaba
que tal vez no le daba de comer al niño como decía y, por eso, optó por
espiarla.
Su pasmo fue
enorme cuando comprobó lo que ocurría en cuanto su señora se dormía. Una vecina que moraba en el techo de la casa
entre las ramas, bajaba muy sutilmente, ponía su cola en la boca del niño,
mientras ella mamaba del pecho de la mujer.
Así quedó aclarado el raquitismo del pequeño que pronto se repuso.
Por
supuesto, en esa época de la infancia yo me lo creía todo y me daba mucha pena
el bebé. Ya de mayor supe que no podía
ser real, habida cuenta de que las serpientes son ovíparas y por lo tanto no
pueden mamar. Seguramente, el cuento de
la tía María sería una leyenda popular cubana.
ROSAS ROJAS PARA ANA de Edelmira Linares
Caminaba por
la gran avenida que daba al parque de siempre, pero este día se le hacía
angosto y cuesta arriba.
Compró la
prensa, que colocó bajo su brazo, para dar un paseo por el parque, ese que tan
bellos recuerdos le traía. Con cada paso
que iba dando, las emociones se iban despertando. Cada aroma, cada rincón, cada mirada, le
recordaba sólo a ella.
Al pasar por
la fuente, se sentó frente al reloj de flores que a tanto agradaba a Ana. Las risas de los niños correteando, las
parejas paseando y la algarabía de la gente hizo que una lágrima se escapara y
corriera por su cara, marcada por el sufrimiento.
Hacía ya una
década que ella no estaba y aún no había podido llenar el hueco que dejó en su
alma, tras su partida. Con ella se
fueron, no sólo los buenos tiempos y el amor de su vida, sino todo lo que no
pudieron tener, como esos hijos que tanto anhelaron y ya no podrían tener.
Como cada 10
de abril, al pasar por el puesto de flores, compra un ramo de rosas rojas para
Ana, esas que a ella tanto le gustaban.
LO QUE LA LLUVIA ARRASTRÓ de Carmen Margarita
Una
tarde de verano, estaba tras la ventana y, de repente, empezó una tormenta
increíble. La copiosa lluvia arrastraba
todo lo que encontraba a su paso. Me
percaté, entonces, de un bulto misterioso y llamé a Rosa.
-Rosa,
¿Qué será eso que arrastra la lluvia? –le pregunté.
-No
lo sé, tú que eres tan aguda de seguro lo sabrás –me contestó ella.
Me
devané la cabeza sin poder averiguarlo.
Rosa
me volvió a insistir sí ya lo sabía.
Empezaba a negarlo cuando, Juan entró despavorido gritando:
-¡Nos
quedamos sin vacaciones! ¡Nuestro equipaje va calle abajo!
jueves, 26 de septiembre de 2013
EL TROTAMUNDOS de Mary Rancel
Soy un
trotamundos que vago solitario por las islas, siempre con mi casa a cuestas
como el caracol. En este justo momento,
salgo de la espesura del monte y me encuentro en un llano, idóneo para acampar
y pasar la noche. Echo un vistazo al
lugar, distingo una casa devastada por el paso del tiempo. Tiene el techo hundido, unos pedruscos y
algunos arbustos a su alrededor. Está
anocheciendo y las sombras dan un aspecto lúgubre al lugar. Monto mi pequeña tienda de campaña, tipo
iglú, hago una hoguera para comer algo caliente y, a la vez, disuadir a las
alimañas que puedan rondar por el entorno.
La oscuridad se hace cada vez más tenebrosa. El único resplandor es el que surge de la vacilante
llama de la fogata que, de vez en cuando, arroja un poco de claridad al lugar,
proyectando extrañas formas sobre la casa en ruinas. Hace solo unas horas que he acampado y, ya
estoy deseando que llegue el alba.
En
una de esas veces en las que se ilumina la zona, creo ver entre los escombros
de la vivienda, una figura humana. Quedo
expectante, agudizo los sentidos y escucho un rumor de pasos cautelosos y la
respiración agitada de una persona. En
este instante, la flama de la hoguera vuelve a iluminar la casa derruida y
compruebo la presencia de una mujer acercándose; lleva el palo en la mano
derecha y una piedra en la izquierda. Me
quedo inerte, como una estatua.
-¡No
tengas miedo, no te alarmes! –exclama la mujer –Yo no te haré daño-
recalca. Sólo quiero el dinero que
llevas encima y que me dejes la tienda de campaña, pero… si no lo haces, no sé
qué será de ti, ni de tus pertenencias.
Enarbola
el palo que porta en su mano, con la intención de arrojarlo contra mi cuerpo y,
estremecido, voceo:
-¡Señora,
puede quedarse con todo!
Trago
saliva y, con el miedo dentro de mi, añado:
-¡Dinero
no llevo, puede comprobarlo!
Estoy
temblando de pánico. Como si fuera un
resorte, me levanto de la piedra donde estoy sentado y, sin pensarlo, salgo a
todo correr, sin mirar hacia atrás en ningún momento y diciendo para mis
adentros que… ¡una retirada a tiempo vale más que una victoria!.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
ROSAS ROJAS PARA ANA de Elvira Martín Reyes
Ana era una
joven sencilla que pretendía pasar por la vida inadvertida, de puntillas, casi
sin hacer ruido. Todos los días paseaba
por la playa esperando a que llegara la inspiración para escribir su libro.
Aquella
tarde, al sentarse en el lugar de siempre, se quedó atónita al encontrarse una
hermosa rosa roja. Miró a su alrededor
pero no encontró a nadie, solamente el silencio. Intrigada, recogió la rosa y su libro y se
encaminó hacia la casa de su hermana para contárselo, puesto que ella era su
único familiar.
Al día
siguiente, al abrir la puerta de su casa, descubrió otra rosa roja y así
ocurrió año tras año, sin saber quién era el enamorado secreto y fiel que le
alegraba la soledad, hasta que enfermó y murió como ella quería, en silencio,
muy despacio, casi sin notarse.
Su hermana
colocó sobre su tumba, el libro que ella había escrito, con la esperanza de que
el portador de la rosa lo recogiera, pero la sorpresa se la llevó cuando fue a
visitar la tumba, días después. El libro
no estaba pero en su lugar descansaba un ramo de rosas rojas. Escondida detrás de un árbol, observó al
hombre que se alejaba, apretando el libro entre sus brazos.
-¡Yo lo
conozco! –exclamó –cómo no hacerlo si es mi marido.
Así terminó
el secreto de Ana y empezó el calvario de su hermana.
LA CARTA de Teresa Darias
Querida
hija:
Te escribo
estas líneas para que sepas que estoy viva y lo hago despacio porque sé que no
puedes leer deprisa. Nos hemos mudado y
no puedo enviarte la dirección; es que la última familia que vivió aquí se
llevó el número de la casa cuando se fue para no tener que cambiar de
dirección.
Esta casa es
muy linda. Tiene una lavadora en el
baño, es pequeña y blanca pero parece que no funciona muy bien. Le di a la palanca y desde entonces no he
vuelto a ver la ropa.
Por fin
enterramos a tu abuela. Encontramos el
cadáver ahora, en la mudanza. Estaba en
el armario desde aquel día que nos ganó jugando al escondite.
El otro día
explotó la cocina a gas y tu padre y yo salimos disparados por los aires y
caímos fuera de casa. ¡Qué emoción!, era
la primera vez que salíamos juntos en muchos años.
Tu primo
Paco se casó y resulta que le reza todas las noches a su esposa porque era
virgen. Y ¿recuerdas a tu primo Manolo?
Ya no está en este mundo. Su padre
murió hace dos meses y pidió ser enterrado en el lago. Manolo murió mientras cavaba la fosa.
Mira hija,
si ves a doña Remedios, le das saludos de mi parte y si no la ves, no le digas
nada.
Me despido con mi bendición y un poema que escribí
especialmente para ti
Te quiero
más que a mi vida
más que a
mi vida te quiero
y si me
sacan los ojos
te quiero
con los agujeros.
Tu madre
LAS RISAS DE FLORES DEL TEIDE de Dolores Fernández Cano
Amanece un nuevo
día para Crispín, que siente en su negro cuerpo el frío de una frío de una
soleada mañana de primavera, al mismo
tiempo que percibe el olor de las retamas.
Después, clava sus orejas para escuchar las risas de las flores del
Teide. Eso le ayuda a llevar a cuestas
su soledad, consiguiendo olvidar la lejanía de la casa que habitó, hasta ahora.
Tras los sonoros
ja, ja, ja, de las flores del Teide, Crispín lo agradece con un armonioso
ladrido, para luego continuar la búsqueda del alimento diario. Su amo lo abandonó en el Valle de Ucanca y su
historia se convierte en un vagar permanente.
Mas, como no hay mal que cien años dure, una tarde compartida con las
flores del Teide, un hombre acompañado de un niño se apea de un coche. Al ver a Crispín, tan juguetón, el niño
suplica a su padre que le deje llevárselo.
Por fin, va a disfrutar de un nuevo hogar. Sin embargo, en su cerebro perruno, siempre
escuchará las pícaras risas de las flores del Teide. Seguidamente, el travieso Crispín, con toda
la rapidez que le dejaban sus cansadas patas, se introdujo en el automóvil para comenzar una nueva vida.
martes, 24 de septiembre de 2013
¡DE PELÍCULA! de Natividad Morín
Una de las
películas que más me impactaron en mi niñez y que se me quedó grabada en la
memoria, fue “Los crímenes del Museo de Cera”.
Después de verla, estuve mucho tiempo soñando con ella, como mataba a
las mujeres para luego cubrir sus cuerpos con cera y reconstruir con ellos
figuras de personajes famosos. Otra
película inolvidable, esta vez por lo romántica que era, fue Sissi.
Y si hablamos de actores, uno por el que sentí un amor platónico fue
Rock Hudson. Era un hombre tan guapo,
tan alto y la mirada tan pícara. No me
perdía casi ninguna de sus películas y guardaba sus fotos. Cuando pasaron los años y un día vi en las
noticias que había muerto de sida y se habló tanto de su vida no pude evitar
pensar que me seguía gustando a pesar de su condición de gay.
Cuando era
niña, sólo ponían películas los domingos.
Para ir al matiné iba con mis amigas y reunía el dinero durante la
semana, haciendo mandados para poder comprar, en el carrito que ponían afuera
del cine, muchas golosinas: regaliz, caramelos, paragüitas; que era un chupete
en forma de paraguas, que estaba buenísimo.
Me pasaba toda la película comiendo chucherías. Fueron años inolvidables: ¡fui tan feliz con
tan poco!
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