martes, 12 de junio de 2012

¿QUÉ HACER? de Mary Rancel


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En un pueblo recóndito de pocos habitantes, había una cantina en la que se reunían los hombres del lugar.  En ella, una tarde, dos jóvenes se enzarzaron en una violenta disputa por las lindes de sus fincas.  Uno acusaba al otro de que le estaba robando parte de su terreno, por haber desplazado los mojones de sus límites y que se estaba, por lo tanto, quedando con una franja de su propiedad.  Insistió en que, de no corregir su acción, le mataría, por ladrón y mala persona.  El otro muchacho juraba y perjuraba que él no había cometido tal fechoría y se marchó de la cantina insultando a su adversario.
Al día siguiente, nadie vio al chaval que salió resentido de la fonda.  Tampoco fue visto en días sucesivos, así que su familia dio cuenta de lo sucedido a las autoridades.  Éstas hicieron las indagaciones pertinentes y, al enterarse de la discusión que había tenido lugar entre los jóvenes, detuvieron al chico que tan furiosamente había amenazado de muerte al desaparecido.  Le interrogaron en el cuartelillo y, por mucho que el chico les explicaba que sus amenazas no fueron intencionadas, no le creyeron.  Le acusaron de haber dado muerte a su enemigo y después, ocultar su cadáver.  Fue tanto lo que le torturaron que el chico acabó confesando el crimen.  Dijo que le dio muerte y luego tiro el cuerpo al río.  Allí lo buscaron incansablemente pero, no apareció.
Pasado un tiempo, se celebró el juicio.  El joven se declaró inocente, exponiendo que dijo lo contrario ante la guardia civil, por lo brutalmente que fue martirizado.  A pesar de que el cuerpo no fue hallado, ni se encontraron pruebas irrefutables del hecho, sólo por indicios, le condenaron a quince años de prisión.
Años más tarde, apareció un hombre en el pueblo que fue al Registro Civil solicitando su partida de nacimiento.  Al dar sus señas, el funcionario se quedó boquiabierto.  Era el muchacho que años atrás habían dado por muerto.  El funcionario le cuanta al hombre lo ocurrido desde su desaparición ante lo que, el prójimo responde contándole que salió del pueblo por aburrimiento y discrepancias familiares.  Por ese motivo no dio explicaciones cuando se marchó.  Jamás pensó que su huida pudiera causar perjuicio a alguien.
El chico que fue inculpado, pasó nueve años en la cárcel.  Ahora, demostrada su inocencia, nadie se responsabiliza del error cometido por la Ley.  La justicia también se equivoca y comete errores que difícilmente pueden enmendarse.  Cuando esto acontece, decimos que se ha cometido una injusticia.  ¿Qué hacer?.

2 comentarios:

  1. Muy bien narrada esta historia, Mary. Título y final nos plantea una pregunta de difícil respuesta. Ante las injusticias es complicado redimir los errores y sus consecuencias.

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  2. CREO QUE AHORA INDEMNIZAN AL PERJUDICADO, NO VALE DE MUCHO, PERO ALGO ES MÁS QUE NADA

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