lunes, 31 de marzo de 2014

BUENA O MALA de Antidia Iraida






Irene pensaba que Ildegarda era su mejor amiga. Hasta el momento, siempre le había dado pruebas de ello. Desde pequeñas iban juntas a todas partes. Según fueron creciendo, compartieron sueños, confidencias, lo sabían todo la una de la otra. Irene no podía pasar ni un solo día sin hablar con Ildegarda, era devoción lo que sentía por ella. Pasaron los años, llegando a ser dos adolescentes muy guapas. Con ello llegaron los primeros amores, desamores, todo en buena armonía. Al llegar a los 18 años, cada una de ellas escogió una carrera diferente. Pese a ello, se seguían viendo todos los días.
Al paso de los meses, cada una  empezó a salir con dos chicos guapísimos.
Mientras que Irene seguía comunicándose con Ildegarda, ésta cada día se alejaba más  de ella. Irene se preguntaba qué sería lo que estaba pasando, hasta que, un día, el novio le dijo que siempre  que veía a Ildegarda,  tenía algo que decirle en contra de Irene. Ésta se disgustó muchísimo y se fue a hablar con ella, pero ella no quiso ni contestarle. A partir de ese día, con gran disgusto, Irene tuvo que admitir que había sido engañada por la que creía era su amiga incondicional.

Consolándose, se decía a sí misma que más vale tarde que nunca para darse cuenta de lo que hay detrás de la puerta y el saber que el andar de la perrita no estaba claro.


MALO de Natividad Morín




Los vecinos de aquel pueblo estaban hartos de las gamberradas de ese chico, llamado Julián. Se peleaba con los otros niños, les escondía las mochilas, pinchaba las ruedas de los coches, no paraba de hacer golferías.  El muchacho traía de cabeza a los maestros; no se portaba bien en clase y todos se preguntaban por qué  Julián era tan malo.  En cambio, con su abuela, Julián era muy bueno. Le hacía los mandados, le ayudaba en la casa; aunque en la calle fuera un diablillo.
Un día, fue de excursión con los niños de su clase y los profesores. Los llevaron al monte, cerca de un rio ¡era un paisaje muy bonito! Y se lo estaban pasando muy bien, pese a que les indicaron que no se acercaran al río.
Cuando estaban comiendo, Julián empezó a armarla, como siempre. Tiraba migas de pan o semillas de los árboles a los compañeros.
De repente, a lo lejos, se oyó un grito pidiendo ayuda. Los profesores salieron corriendo, los gritos venían de la zona del río.
Vieron, con horror, que uno de los niños había caído al agua y se estaba ahogando. Julián no se lo pensó dos veces, se lanzó al agua, nadó donde estaba el niño, lo cogió por la camisa y se dirigió a la orilla; llegó extenuado donde le esperaban. Todos aplaudieron su heroísmo.
Los profesores se quedaron asombrados de su valentía ¡pero si es un niño bueno! –dijo su profesora-¿Cómo puede ser malo, un chico que arriesga su vida por ayudar a otro?




UN SEÑOR LLAMADO SUÁREZ de Elvira Martín Reyes




Durante muchos años, el pueblo español ha padecido una demencia voluntaria hacia el ex-presidente Suárez.
Algunos lo consideraban enemigo, otros  lo tachaban de loco. En su mismo entorno tenía más detractores que amigos; cosa lógica puesto que los gobernantes que estaban masacrando al pueblo no querían perder su estatus, que les permitía vivir como semidioses mirando al pueblo desde arriba.  A ellos les gustaba lo que veían: un pueblo sin libertad de prensa, para que no se divulgara la verdadera realidad.
Cuando llegó Suárez; este hombre malo y tan loco, puesto en el cargo  de presidente por la mano de S.M. Juan Carlos, las cosas cambiaron. Este hombre con visión de futuro, de diálogo, de libertad para expresar sus ideas,  pactó incluso con el partido comunista para lograr esa unión, con los sindicatos, con el pueblo y con la suficiente fuerza para hacer de España un país abierto hacia Europa. Implantó  la democracia que hoy… ¿tenemos en peligro?. Esperemos que sepamos reaccionar conservándola como el mejor tesoro que se nos ha regalado.
Gracias señor Presidente, ¡qué pena que tuviera usted que morir para que España reconociera su saber estar,  su valor como persona y su dignidad como Presidente!
Confiemos en que los jóvenes, que son el futuro de nuestra nación, lo tomen como maestro.




ANGELICAL de Amalia Jorge Frías



Tenía una cara angelical, siempre sonriendo y muy educada; quizás un poco convencional debido a la educación que había recibido por la época en que le tocó vivir.
Cuando Luis la vio por primera vez, se enamoró locamente; y ya no tuvo un momento de sosiego hasta que, por fin, logró comprometerse con ella. Ese fue el día más feliz de su vida.
Al casarse, se fueron a vivir a la casa de los padres de Luis, ya que él era hijo único y no podía dejar sola a su madre.
Pasaron los años y fueron viniendo los niños: cinco; uno detrás de otro, pero la convivencia de María con su suegra se hizo insostenible. Ella, para el marido, seguía siendo el mismo ángel que lo enamoró, pero para la pobre anciana, se convirtió en un demonio.
Luis sentía llegar a su casa porque tenía que oír, continuamente, las dos versiones. Un día, la madre, que era menos inteligente que la nuera, le dijo, tienes que elegir entre ella o yo, y Luis se vio entre la espada y la pared y eligió. Eligió el asilo de los Desamparados (que así se llamaba el único que teníamos), para que su madre viviera tranquila los últimos años de vida que le quedaban.

Porque…, ¿qué iba a hacer él con sus cinco hijos y con una esposa angelical a la que adoraba?.


DOS HERMANAS de Elda Díaz





Eran dos hermanas de padre y, como siempre, la mayor era la huérfana; por eso  era tratada como la cenicienta pues no la querían. Cuando el padre de las chicas se estaba muriendo, repetía  a la familia que, a su muerte, le dieran a la hija mayor una acción de agua.  Todos se hacían los sordos, preguntando: ¿qué dice, qué dice?, a lo que, la menor, se apresuraba a contestar: dijo que le rezaran una oración.  Cuando el pobre hombre falleció, la hija mayor no recibió nada; la hermana menor y la madre de ésta  se quedaron con todo.

 La casa donde vivían no disponía de pozo séptico, así que usaron el aljibe para tal fin.  Un día  la hermana menor  se fue al patio a coger sol, después de bañarse. El piso del aljibe se había deteriorado con el paso del tiempo y, en aquel momento, cedió y se llevó tras él a la chica  que se  hundió en la inmundicia. La encontraron al día siguiente. Seguro que le daría tiempo de ponerse a bien con Dios.


BUENA de Dolores Fernández Cano





Había una mujer solícita, educada, bella por fuera y por dentro, con un gran carisma. Esta distinguida señora llenaba de contento a todo el mundo. Al poseer una casa rural, que heredó de un tío carnal, decide tramitarla, pues tiene un excelente ojo para los negocios. Colma de atenciones a los huéspedes, les proporciona buena comida, buen vino y económicos precios. Los excursionistas quedan prendados de su sabiduría, bondad, amabilidad y exquisitos modales.
Hasta que, un inesperado día, la visita un misterioso caballero.  Tras entablar conversación con ella, descubre ser un inspector de Hacienda camuflado. Le exige ver los libros contables, percibiendo después de examinarlos, varias anomalías. A continuación, recorre la casa, hallando en el granero a varias mujeres que resultan  ser inmigrantes ilegales que explotaba trabajando sin sueldo y con pocos alimentos.
Los clientes, al enterarse, quedan horrorizados; no comprenden que esta gran dama sea tan malvada y perversa. Ahora se encuentra en una prisión, cumpliendo condena por fraude y extorsión.
¡Ah!, por si interesa a alguien, la casa rural será subastada.

UN BUEN PARTIDO de Mary Rancel


Se conocieron en un baile. Él acababa de llegar de Venezuela, con el propósito de buscar esposa. Tenía muy buena referencia de las mujeres tinerfeñas y había decidido enamorarse y casarse con una de ellas, para luego, llevarla a su país y allí formar un hogar. Era un muchacho de unos treinta años, de estatura media, moreno, grandes ojos negros, sociable y con mucha labia.
Ella, una joven de unos dieciocho años, de tez blanca, pelo y ojos marrones y una cara bellísima; apacible, cariñosa y simpática. Bailaron toda la noche y, desde entonces, se hicieron inseparables.
El venezolano resultó ser un chaval estupendo, bueno, amable, culto y con el porvenir asegurado. Era hijo único y sus padres, unos acaudalados propietarios, con extensas plantaciones de café, amén de otros importantes negocios. Muy conocidos en Caracas y otros estados.
El amor surgió entre ellos; parecían  estar hechos el uno para el otro.
Como el joven tenía prisa por contraer nupcias, enseguida comenzaron los preparativos para la boda. Él dejó la pensión donde estaba hospedado y se instaló en la casa de la abuela de su novia, por invitación de ésta.
Faltaba poco para la celebración de los esponsales cuando el joven, muy afligido, comunicó a la familia de su futura esposa, que debía partir de inmediato a su tierra, pues le habían telefoneado comentándole que su padre había sufrido un grave accidente. Como no tenía tiempo de recibir el dinero necesario para el viaje, pidió un préstamo de doscientas mil pesetas a los padres de su prometida, que devolvería por giro telegráfico, con prontitud.
Del indiano nunca más se supo. Para colmo de males, cuando la abuela de la enamorada recibió la factura del teléfono, ésta ascendía a más de veinticinco mil pesetas –por las llamadas realizadas por el bueno y amable novio de su nieta–.
Vivir para ver y… para no fiarse a la ligera de cualquier desconocido.


sábado, 29 de marzo de 2014

RECONSTRUCCIÓN de Amalia Jorge Frías




Estoy en mi pasado. Me paseo por él.  Sé exactamente dónde voy, de la misma manera que conozco para qué.  Me remonto a 1989, año en que se casó la mayor de mis hijas. Son muchos los recuerdos, pero los que más añoro  son aquellos en los que, a últimas horas de la noche después de cenar, nos sentábamos a comentar y a reírnos de las incidencias que habíamos tenido durante el día y a planificar lo que íbamos a hacer el día siguiente.

Coincidió también que, ese mismo año, mi marido y yo hacíamos las Bodas de Plata y,con la ilusión y preparativos de la de mi hija, casi se nos olvida; bastaron dos días, para organizar otra misa, donde nos volvimos a casar con los mismos padrinos; nuestros cuatro hijos  sentados en el primer banco y las personas más cercanas acompañándonos, a continuación fuimos a cenar a un restaurante donde lo pasamos muy bien, siendo ese día, uno de tantos maravillosos, que he vivido en mi pasado.



lunes, 24 de marzo de 2014

RECONSTRUCCIÓN de Dolores Fernández Cano.







Estoy en mi pasado. Me paseo por él. Sé exactamente donde voy, de la misma manera que conozco para qué: me encuentro en los días felices de la infancia, los juegos, excursiones, el cariño de mis padres, la compañía de los hermanos, la inocencia de los pocos años. Efectúo una parada en el colegio, siento en mi interior el fervor de la primera comunión, la responsabilidad de los estudios. Me veo yendo a los cines, ¡cuántas ilusiones!, ¡cuántos domingos maravillosos!. También en este placentero recorrido, aparecen tímidamente los viajes a la península ibérica e islas. Llego al sendero de la tristeza, cuando fallece mi padre, pero hay que seguir. Me adentro en el pasado laboral; una ruta intensa, muy provechosa, hasta que aterrizo en la pista de la jubilación. De nuevo, cruzo la calle de las penas; todos mis seres queridos se van de mi lado, dejándome invadida por la tristeza y soledad. Descanso un momento, sólo me queda un pequeño trecho. Vislumbro a lo lejos una gran mansión, en dos zancadas me planto en su puerta. La abro con discreción, ¡oh!, ahí está mi presente. Sin ningún miramiento, me abrazo a él, rebosante de anhelo y esperanzas.


RECONSTRUCCIÓN de Natividad Morín



 
Maternidad, Cuadro de E.H.Orallo
Estoy en mi pasado. Me paseo por él. Sé exactamente donde voy, de la misma manera que conozco para qué: salgo de mi casa y me dirijo al hospital. Estoy embarazada y he salido de cuentas; cerca de dos semanas. El ginecólogo me dice, bromeando, que el niño va a salir con barba. Estoy nerviosa y con mucho miedo a lo desconocido ¿cómo será el parto? Va a ser el primero.
En aquellos años no se hacía ecografías y por tanto no sabía si era niña o niño. Recuerdo que cuando llegué a la clínica y me vio la matrona, enseguida se dio cuenta de que la cosa no evolucionaba como debería.
Tuvo que llamar al médico. Cuando llegó y echó un vistazo, dijo,
- ¡Este niño, se encuentra bien donde está, pero vamos a ayudarle a salir, que ya es hora! . Le pondremos un goteo y el nacimiento será más rápido, aunque más doloroso. 

Al final, valió la pena, ¡fue una gran alegría! Era una niña, morenita, gordita, ¡preciosa!.
Como esas horas se olvidan ¡gracias a Dios!, unos años más tarde llegaron, poco a poco, cuatro hijos más.
Este es parte de un pasado que recuerdo con mucho cariño y nostalgia. ¡Con qué rapidez han pasado los años!; me parece que fue ayer.